"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

miércoles, 14 de agosto de 2013

Los árboles de la Virgen


¡No hay suerte más grande que tener una madre o una abuela pastoreña! Con cuánto cariño se esmeran en inculcarte la devoción a su Pastora Divina ¡No existe mejor dote! Pues no se reduce a una mera transmisión de Fe, es también una vía hacia la felicidad. Una felicidad que engloba amor hacia tu familia, tu gente y tu pueblo, es un cúmulo de circunstancias que de una forma natural aflora a medida que llega septiembre, es una alegría tan incontenible que sólo nosotros, los pastoreños, sabemos entender…

En mi familia también tuvimos la gran suerte de tener una abuela excepcional que aparte de la herencia devocional, nos dejó unas vinculaciones que por tradición familiar nos liga a nuestra hermandad y por tanto a nuestra Virgen. Entre estas tradiciones se encuentran “Los árboles de la Virgen”, que consisten en la elaboración de los ocho árboles artificiales con los que se acompañan a la Pastora en el risco y en el paso.

Hay constancia de esta tradición desde la segunda mitad del siglo XIX, de la que sabemos que ya Cristina Solís, hermana de la conocida benefactora cantillanera, Pastora Solís Villalobos, realizaba los árboles para la Virgen. El conocimiento y dedicación de estas señoras lo recogió su sobrina Pastora Solís Rivas, que los transmitió a sus nietos, quienes los hemos podido seguir realizando con devoción y cariño.

Pero los árboles de la Virgen no siempre fueron como los conocemos en la actualidad, según nos contaba nuestra abuela, antes de que se comenzaran a usar las ramas de flores industriales por los años 60, la producción de éstas era artesanal y así se hizo durante varias generaciones, que con paciencia e ilusión para que “su Pastora” llevase los mejores y más vistosos árboles, dedicaban sus tardes de verano a la que consideraban su otra familia, la pastoreña.

Para ello, los meses previos a septiembre, un grupo de unas diez o quince pastoreñas se citaban cada tarde en casa de Pastora Solís, en la calle Iglesia, en el salón que en casa se llamaba “de la Pastora” por guardar, entre otras cosas, el paso, los simpecados y varios enseres de la hermandad. Así, en las tardes caniculares, este grupo de hermanas se reunía para colaborar con tan laborioso proceso; eran tardes de hermandad sincera en torno a un único sentimiento pastoreño, en el que se hablaba de los problemas propios y ajenos, en los que se ofrecía verdadera ayuda desinteresada, tardes en las que se reía y se cantaba con amor y respeto a su Divina Pastora.

Sus primeras tareas consistían en hacer pequeñas piezas de sábanas blancas de algodón, que cortaban en tiras largas de 6 centímetros de ancho a la que daban cuerpo embadurnándola con goma arábiga. La tela, una vez seca, se dividía en cuadrados de unos 5 centímetros en los que se encajaría la futura flor.

Antes de darle forma, había que teñir estas pequeñas porciones de tela con una mezcla de pigmento rosa, agua y cola, que se aplicaba con brocha, en formar circular y en degradado, de más intenso en su exterior a menos a medida que se acercaba al centro. El siguiente paso consistía en recortar cada una de los cuadrados teñidos usando una plantilla de cartón que, en diferentes tamaños, seguía el modelo de la flor.

La parte más laboriosa y artística era la de dar forma a estos recortes, ya que había que hacer las ondulaciones de cada uno de los pétalos, para lo que se empleaban unos instrumentos de metal con puntas redondeadas de diferente grosor que se calentaban en un anafe, para rizar las hojillas y conseguir así la mayor apariencia de espontaneidad y naturalidad. Estos instrumentos aún hoy los conservamos en nuestra casa como verdaderas reliquias marianas.

Al igual que avanzaban hacia septiembre las lentas tardes de verano, lo hacía el laborioso proceso de la flor por convertirse en almendro de la Pastora. Así, una vez rizados los pétalos, había que vestirlos con los exornos que completan la flor, los estambres, un haz de hilos gruesos, y el tallo, un alambre recubierto de papel de seda marrón.

De esta forma, cada día iban floreciendo los árboles, llenándose de cada una de estas flores que, como alabanzas pastoreñas, se prendían en las ramas de los chopos que con mimo riega y crece el jardinero de la Virgen que es el río Viar.

Como todo lo verdadero, la tradición de hacer los árboles perdura en nuestras emociones, pero como todo lo que continuará por siempre, ha de cambiar, adaptándose a los momentos. Por ello, los árboles se siguen haciendo, pero ya no son en la casa de la calle Iglesia, sino en la casa de hermandad; las flores siguen vistiendo las ramas de los chopos, pero ya no son de tela, sino de cuerpo imperecedero; ya no es mi abuela Pastora quien los hace, sino mi prima Cristina.

Manos que con la misma devoción van uniendo ramas de rosas blancas y almendros rosa, a los brazos de chopo ceñidos con papel de seda. Ocho árboles para el risco de la Pastora y uno, el más perfecto que la cubrirá de la luna durante su paseo por las calles de Cantillana, en el que se prenderán los vivas de la emoción pastoreña. Por eso debe ser especial, de ramas más abiertas para que en ellas se posen las palomas de la calle Martín Rey.

Los árboles de la Virgen hacen reír a la Pastora, que se pasea orgullosa porque sabe que se los han hecho quienes la quieren, sin importar de quien sea la mano virtuosa; ella sabe que es fruto de la unión anónima de un grupo de hermanos que trabajan sin esperar nada a cambio, como fue desde que se fundó la hermandad que la honra y que forma el eje de sus vidas. Ella pasea contenta porque sabe que sea el que sea quien se los haga, lo hace con la única intención de servirla. Árboles que como copa tienen un manto de flores bajo el que todos los hermanos nos abrazamos, serviles y humildes sin esperar mayor reconocimiento que el de sentirnos queridos por ella y por todos los que la veneramos.


Un ejemplo a seguir

No cabe duda que la tradición de los árboles de la Virgen es parte del patrimonio inmaterial de nuestra hermandad y de nuestro pueblo que ha perdurado durante generaciones y que sigue vivo gracias al esfuerzo por conservar la devoción a la Pastora Divina y sus tradiciones.
Muy fructífera fue la semilla pastoreña que mantiene viva la tradición de los árboles. Una pieza clave fue la figura de Pastora Solís, ejemplar pastoreña que supo transmitir a todos los que la conocieron su devoción a la Virgen. Fue una persona sencilla y humilde y sin esperar reconocimientos ni prebendas , con un sentido de servicio absoluto hacia su hermandad y su Virgen. ¡Cuánto bien nos haría a los pastoreños de hoy el ejemplo de aquella hermana! que nunca obró mal pues en su carácter había nobleza pero nobleza entendida como un estado del alma que se reflejaba en sus actos. En su “pastoreñismo” no había cabida para la critica ni la injuria, en ella era impensable causar daño a un “hermano” pues lo consideraba parte de su “familia”. Los valores cristianos del amor, la paz y el perdón estuvieron presentes durante toda su vida, todo un modelo de pastoreña que hoy más que nunca necesitamos como referente.

Jesús Morejón Pazos (Cantillana y su Pastora, 2010)