"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Solemnidad de la Natividad del Señor

Belén Monumental de la Ermita de la Divina Pastora (Cantillana)

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, 
ordenando hacer un censo del mundo entero.

Éste fue el primer censo que se hizo siendo Quirino gobernador de Siria. 
Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, por ser de la descendencia y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre,
 velando por turno su rebaño.

Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad,
 y se llenaron de gran temor.

El ángel les dijo:

— «No teman, les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

De pronto, en torno al ángel, apareció una multitud del ejército celestial, 
que alababa a Dios, diciendo:

— «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».

Lc 2, 1-14


El Evangelio ofrece un contexto histórico previo al nacimiento de Jesús: «En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero». Durante su gobierno este mismo emperador realizó varios censos parciales y tres que abarcaron todo el territorio ocupado por el imperio romano. Uno de estos censos fue decretado el año 746 de Roma, unos ocho años antes de la fecha actual del nacimiento de Jesucristo.

Roma solía respetar las costumbres de los pueblos sometidos a su dominio. Por ello todo empadronamiento se hacía según la costumbre judía: «todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad». José, «por ser de la descendencia y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse». Belén o Bethlehem quiere decir “casa de pan”. La pequeña ciudad había recibido ese nombre gracias a su fertilidad y abundancia de cereales. Era el lugar originario de la familia davídica.

El evangelista dice que José “sube” a Belén. Esta ciudad estaba situada a unos diez kilómetros al sur de Jerusalén, y a unos ciento cuarenta al sur de Nazaret. Topográficamente hablando, ir de cualquier lugar de Palestina a Jerusalén o a sus inmediaciones siempre implicaba un ascenso.

José va a Belén a empadronarse «con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito». De este modo se cumple la profecía de Miqueas (5,2), quien había anunciado que era en Belén donde habría de nacer el Mesías prometido por Dios.

Algunos han argüido que el término “primogénito” aplicado a Cristo demuestra que posteriormente María habría tenido otros hijos, y que por lo mismo no era virgen. Esta relectura prescinde completamente de la mentalidad hebrea: “primogénito” era un título legal, y no implicaba que la mujer tuviese más hijos. Un descubrimiento arqueológico que atestigua este sentido legal de la expresión es una estela sepulcral descubierta en 1922 en Egipto, en Tell el-Yeduieh, del año 5 a. C. En ella se lee que una judía de la Diáspora, llamada Arsinoe, murió al dar a luz a su hijo “primogénito”. De que se diga de Cristo que era el hijo primogénito de María no se deduce que luego María haya tenido otros hijos.

En cuanto primogénito, según la Ley, Jesús debía ser “rescatado” simbólicamente (ver Núm 3,12-13; 18,15-16; Ex 13,2; 24,19). José y María cumplirán con la Ley al presentar al Niño en el Templo, ofreciendo en sacrificio dos pichones, por ser ellos pobres (ver Lc 22, 22-24).

Volviendo a la escena que nos ocupa, el evangelista narra que María «lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre». El pesebre era un recipiente que contenía forraje para el ganado. El lugar en el que había dado a luz era un establo, pues por alguna razón no habían podido o querido acogerlos en la posada, arguyendo que no había sitio para ellos.

El evangelista pasa luego a otra escena: «En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño». Al leer que pasaban la noche al aire libre, cuidando y protegiendo a su rebaño por turnos, entendemos que estos pastores no eran de Belén, sino que eran nómades, y por tanto, no gozaban de buena fama. Ningún fariseo les compraba lana o leche por temor a que sus productos proviniesen del robo. Sin embargo, es a estos pastores a los que «un ángel del Señor se les presentó», y en ese mismo momento «la gloria del Señor los envolvió de claridad». Se trata de una manifestación divina o “teofanía”, ante la cual los pastores comprensiblemente se llenan de temor.

Mas el enviado divino los invita a trasformar su temor en un gran gozo, pues lo que les trae es una «buena noticia», un «evangelio». En efecto, nuestra palabra evangelio procede del griego euangeliou, que quiere decir “comunicar una dicha”, “dar una excelente noticia”. Y la buena noticia que debe ser para los pastores causa de júbilo es que «hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». ¡Dios ha dado cumplimiento a la promesa hecha a Israel desde antiguo, por medio de los profetas! ¡Al fin ha llegado el Mesías esperado! Y los primeros en ser avisados de esta jubilosa noticia no son los poderosos, sino estos humildes pastores, a quienes el ángel invita a ponerse en marcha para adorarlo.

De Él dice el ángel que es «un Salvador». En realidad, el griego no utiliza artículo, por lo que debe entenderse que es (El) Salvador por antonomasia, no “uno más”. En el Antiguo Testamento generalmente el título de Salvador se aplicaba sólo a Dios, o también en algún sentido a aquellos a quienes Dios confiaba una misión liberadora (ver Jue 3, 9-15). En el relato de la anunciación el ángel revela a María el nombre que habrá de llevar el Hijo que ha de concebir por obra del Espíritu Santo: Jesús, que traducido quiere decir: “Dios salva”, «porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21). Y «¿quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (Mc 2, 7). En el caso del Hijo de María, este nombre expresará a la vez su identidad y su misión: Él es verdaderamente Dios que se ha hecho hombre, para ser Salvador y Reconciliador de la humanidad entera.

Añade el ángel que el Salvador es «el Mesías, el Señor». Mesías quiere decir Ungido, o Cristo. Los tres términos significan lo mismo: «Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 436). «En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Este era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor» (Allí mismo). Conocemos a aquél Niño como Cristo, dado que Él es el Ungido por excelencia.

Este Mesías Salvador es calificado asimismo como «el Señor», en griego Kyrios. Es con esta palabra, Kyrios, con la que se traducía al griego el nombre de Yahvé en el Antiguo Testamento. Su aplicación al Niño que acaba de nacer pone de relieve su divinidad. Kyrios es la expresión con la que la primitiva comunidad cristiana profesaría su fe en la divinidad de Jesucristo. San Pablo en sus cartas la usó frecuentemente con este mismo fin. En su carta a los filipenses, después de afirmar que Cristo, siendo Dios, se abajó haciéndose hombre como nosotros, lo proclama como Kyrios, SEÑOR, ante quien toda rodilla finalmente se doblará (ver Flp 2, 5-11).

Luego de aquella teofanía y anuncio gozoso del ángel los pastores comprendieron que el Mesías había llegado. Para encontrarlo el ángel les da una “señal” o “signo”: «encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El “signo”, garantía de la comunicación sobrenatural, habla de la humildad y sencillez en la que nace este Niño: no nace entre poderosos, en algún palacio, rodeado de riquezas y sirvientes. Nace pobre, humilde, desapercibido, sin gloria humana.

Terminado el anuncio del ángel aparece junto a él «una multitud del ejército celestial que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”». El Mesías viene a traer la paz, que para el judío era y es la suma de todos los bienes, y aquí especialmente la suma de todos los bienes mesiánicos que Dios ha querido regalar a los hombres.

De pronto viene el sobresalto: una noche, mientras unos duermen al raso y otros vigilan cuidando a su rebaño del ataque de los lobos, un ángel se presenta. Irrumpe en sus vidas lo extraordinario, lo sobrenatural, la gloria del Señor los envuelve en su luz, son arrancados de la cotidianeidad, de lo rutinario, del ritmo normal de sus vidas, ¡porque Dios se manifiesta inesperadamente!

Los pastores despiertan confundidos ante lo inesperado que irrumpe en sus vidas, que los arranca de la rutina cotidiana, de ese “tener todo controlado”. ¡Sienten miedo! ¿Quién no se asustaría? Tienen miedo a lo desconocido, miedo a lo que escapa al control de sus manos, miedo a la luz que los envuelve, ¡miedo a Dios que se manifiesta!

El miedo que ellos sienten nos habla de una experiencia común: también nosotros le tenemos miedo a Dios cuando su luz cuando nos invade y nos envuelve, miedo porque esa luz nos arranca de las tinieblas en las que cómodamente nos hemos instalado. Alguna vez alguien me decía: “me llegué a acostumbrar tanto a la oscuridad que me parecía claridad”. ¿Cuánto nos acostumbramos también nosotros a nuestras oscuridades y tinieblas, convenciéndonos que son claridad? Cuando así sucede, nos da miedo la luminosidad con la que nos envuelve Dios, porque su luz hiere los ojos del alma, porque su luz pone al descubierto lo que nuestras tinieblas ocultan.

Hay tinieblas en nuestro corazón cuando obramos el mal y nos ocultamos. Hay tinieblas en nosotros cuando mentimos, y peor aún, cuando llevamos una doble vida. Nos envuelve la oscuridad cuando despreciamos al Señor cuando decidimos que Él no tiene nada que decirnos, cuando nuestra soberbia y vanidad toman el control de nuestras vidas, cuando consentimos el odio, la amargura, el resentimiento y el deseo de venganza en nuestros corazones, cuando el egoísmo lo disfrazamos de amor, cuando ignoramos quienes somos, nuestra identidad, nuestro origen, el sentido de nuestras vidas y nuestro destino.

Y aunque en las tinieblas no se halla sino confusión, intranquilidad, angustia, soledad, vacío, ¡cuánto miedo tenemos de dejar que la luz del Señor nos envuelva, nos penetre e ilumine nuestra vida! No sólo porque la claridad exige conocer, aceptar, afrontar y cambiar todo lo que en nosotros está mal, sino más aún, porque la luz que viene del Señor nos revela nuestra verdadera grandeza y dignidad. ¡Y cuánto miedo tenemos de llegar a ser lo que estamos llamados a ser! Y es que descubrir nuestra verdadera grandeza exige responder a ella, exige despojarnos de todo harapo que nos parece “regia vestidura”, de toda cadena o lazo que nos parece la más exquisita de las libertades para lanzarnos a la gran aventura de conquistar aquello que estamos llamados a ser, de conquistar el Infinito!

«No teman», son las palabras que el ángel dirige a los pastores, y son las palabras que la Iglesia nos dirige también hoy a cada uno de nosotros: ¡No temas! ¡No le temas a este Niño! ¡No le temas a Dios que se manifiesta en este Niño! ¡Él es la Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo! ¿Se le puede tener miedo a un niño? ¿No es un niño lo más frágil del mundo? ¿No necesita cuidado, protección? ¿No se pone totalmente en nuestras manos? ¿No inspira nuestra ternura y amor? ¡Pues Dios se ha hecho Niño, para que desaparezca todo temor de tu corazón! Ésta es la señal: «encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». No temas: Él no viene a destruir lo que eres, o a quitarte lo mucho o poco que tienes. Él viene a sanar, a reconciliar, a salvar, a elevar, a darte más, ¡a darte TODO lo que Él es y posee! Y para eso se hace pequeñito, se hace hombre como nosotros, sin dejar de ser Dios se hace totalmente solidario con nuestra naturaleza humana: para elevarte a su altura, para que tú te hagas grande como Él, tan grande que puedas llegar a participar de la misma naturaleza de Dios, de su amor y felicidad, por toda la eternidad! ¡No temas acoger a este Niño en tu vida, en tu casa, en tu hogar! ¡No temas ponerlo a Él en el centro de tu existencia, así como una lámpara se coloca en el centro de un cuarto oscuro, para que ilumine todo el interior!

No, no temas esta Noche buscar al Niño como lo buscaron los humildes pastores, para abrirle de par en par las puertas y de acunarlo en el pesebre de tu pobre corazón. ¡No tengas miedo! No temas abrirle tu mente, dejar que su luz te ilumine, para que retroceda toda tiniebla que hay en ti, y todo en ti se convierta en luz! ¡No temas! Si le abres, la paz inundará tu corazón y tú te harás luz para tantos otros que en el mundo mueren por falta de luz y calor.