"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

sábado, 10 de noviembre de 2012

Apóstoles de la Divina Pastora (I)

Fray Isidoro de Sevilla

 

Este célebre capuchino nació en Sevilla el 9 de mayo de 1662, siendo sus padres don Pedro Rodríguez de Medina y Vicentelo de Leca y doña Leonor de Rojas, emparentados con gran parte de la nobleza española, recibiendo en el bautismo el nombre de Vicente Gregorio. Educado en las máximas cristianas y el santo amor y temor de Dios, fue alumno del colegio de San Hermenegildo, dirigido por los padres jesuitas, formándose en humanidades y filosofía. A los diecinueve años se despertó en él la idea de abandonar el mundo y consagrarse a Dios ingresando en la orden capuchina, pese a la negativa de sus padres. Al año siguiente hizo su profesión religiosa, estudió filosofía en Écija y teología en Cádiz y Granada, donde celebró su primera misa el 2 de abril de 1687. Hizo su primera predicación en Córdoba, aunque lo que le dio fama de orador fue el octavario de la Inmaculada, predicado en 1692 en Antequera.

Según el padre fray Juan B. de Ardales, el más insigne historiador de la devoción pastoreña, se destacaba entre los demás capuchinos por su prudencia y sabiduría, por la santidad de vida, por su celo misional y sus dotes oratorias, tan raras y relevantes, que lo hicieron el orador más célebre de su tiempo en ambas Andalucías. Trasladado al convento de Cádiz, fue designado para acompañar en sus misiones a fray Pablo de Cádiz, quien fundó en muchos pueblos de la provincia gaditana cofradías del Santísimo Rosario y en la capital quince hermandades, una por cada misterio de la corona franciscana, con el fin de que cada día saliese una por las calles de Cádiz cantando el rosario. El padre Pablo moriría a fines de 1694, y años más tarde su discípulo escribiría su vida en La nube de occidente en 1702. Un año después volvió al convento de Sevilla donde en la noche del 24 de junio de aquel año de 1703, festividad de San Juan Bautista, encontrándose el padre Isidoro en oración en el coro bajo, se le manifestó la Virgen con traje de Pastora, mandándole la diera a conocer a los fieles con tan misericordioso título en sus misiones.

Inmediatamente, este santo religioso encargó al pintor Miguel Alonso de Tovar que plasmara la sagrada efigie de la Virgen, haciéndolo primeramente en un boceto pintado al óleo sobre cobre que el mismo padre Isidoro conservó hasta su muerte y del que luego realizaría la pintura para un estandarte a fin de sacarlo en los rosarios públicos cantados, recibiendo dicho pintor las siguientes normas: La idea es esta: Píntase un campo poblado de árboles y de flores; y en medio de él, sentada en una peña, la Sacro-Santa imagen, vestida con una túnica talar, de color purpúreo. Sobre ella tiene un pellico, que imita al vellón de lana de una oveja, ceñido a la cintura con un cíngulo; y sobre él terciada una mantilla celeste; tiene también un sombrero como de palma, caído a la espalda y afianzado por delante al pellico con unas cintas; y entre el brazo y el pecho, un pastoril cayado, que todo es traje y vestido propio de pastores. Alrededor de este Simulacro, hay muchas ovejitas, cada una con una rosa en la boca, y su majestad las toma con su siniestra mano; símbolo de las Ave Marías, que le cantan en su devotísima Corona, que son místicas rosas que le ofrecen, y su Majestad cariñosa mucho las recibe. La mano diestra la tiene puesta sobre la cabeza de una ovejita, que se reclina en su regazo; en que nos dice el amor con que acaricia a los que se declaran por ovejas suyas. Algo apartado, en el campo mismo, se divisa a lo lejos una ovejuela fugitiva de cuya boca sale un rótulo, que dice: AVE MARÍA. Detrás de unas quebradas peñas, sale un furiosísimo león, procurando tragarse la descarriada ovejuela; pero en lo alto se deja ver el gloriosísimo Príncipe, Serafín sagrado, el señor San Miguel, que con una espada de fuego ahuyenta el león y la ovejuela defiende...
  
En la tarde del 8 de septiembre de 1703, por primera vez en la historia de la Iglesia Católica, se contemplaría esta figura de la Virgen con título y traje de Pastora puesta sobre un estandarte, en el rosario público que fray Isidoro llevó desde la parroquia de San Gil hasta la Alameda de Hércules. Ese mismo año fundaría en la capital hispalense la Primitiva Hermandad del Rebaño de María, que tendría como primera sede la parroquia de San Gil pero que pronto, por determinadas circunstancias, pasaría a la de Santa Marina. A esta primera fundación seguiría una larga serie en distintos pueblos de la Archidiócesis, como Carmona, Utrera, Jerez de la Frontera, y en 1720, como afirma José Alonso Morgado, en Cantillana, señalándose desde su instalación hasta nuestros días, por su fervor y entusiasmo religioso hacia la Divina Pastora, entre todas las demás que hay noticia.

Desde estas fechas, en que contaba el padre Isidoro 42 años de edad hasta los 89 en que murió, dedicó toda su vida en amar, servir y glorificar a la Santísima Virgen en su título de Divina Pastora, propagando su devoción, llevando mediante Ella, a los pies del Pastor Divino el mayor número de almas. A sus virtudes de orador habría que añadir las de su pluma, dejando más de veinte obras publicadas. En 1693 publicó la Corona florida imperial de la Gran reina de los ángeles y de los hombres; en 1702, la Nube de occidente: Vida del venerable padre Pablo de Cádiz, misionero capuchino; en 1703, el Ofrecimiento de la Corona de María Santísima, Pastora Divina de las Almas y dignísima Madre de Dios; en 1705, La Pastora Coronada, obra príncipe sobre las imágenes de la Virgen con el título y traje de Pastora; en 1714 publica la Novena de la Divina Pastora; en 1722, La fuente de las Pastoras; en 1732 editó su obra La Mejor Pastora Asunta; un año después, en 1723, ve la luz la Vida de Santa María Magdalena, la pecadora y los Gritos del cielo; en 1740 la Vida de fray Francisco de Lorca, hermano capuchino; y en 1742, a instancia del arzobispo de Sevilla, el señor Salcedo y Azcona, publica la Vida del venerable padre Luis de Oviedo.  Al morir el padre Isidoro, se hallaron en su celda numerosos escritos preparados para la imprenta como el Florido andaluz pensil, historia de los conventos de a provincia capuchina de Andalucía; Vidas de algunos venerables capuchinos; La vida de san Félix de Cantalicio; la segunda parte de La Pastora Coronada; El Mayor de entrambos mundos; El Pensil Eucarístico; o el Libro de los Siete Sellos. En sus principales obras marianas trata extensamente y con profundidad la vida de la Virgen, de sus virtudes y prerrogativas, dirigiendo expresamente toda esta doctrina mariana para explicar el Pastorado Universal de la Virgen, pudiéndose fácilmente formar con todos sus escritos una completa mariología.
Habiendo visto consumada su misión y consagrado los últimos cuarenta y siete años de su vida a la difusión del nombre y del culto de la Divina Pastora, blanco de sus amores y de todos sus sacrificios, en olor de santidad y provisto de heroicas virtudes, murió el padre Isidoro, como él mismo presintió, en la tarde del 7 de noviembre de 1750, vísperas del Patrocinio de la Virgen, llevando consigo una miniatura en cobre de la Pastora, que fue el primitivo boceto que pintó Tovar, siendo sus últimas palabras: ¡ Padre Dios! ¡Pastora mía.

Sobre la  figura de este primer apóstol de la Divina Pastora, escribiría Baltasar de Molina: Todo el apostolado del venerable padre fray Isidoro de Sevilla se redujo principalmente a predicar, enseñar, escribir, exhortar y aun hacer navegar de mar a mar la devoción y afecto singular a María Santísima, como amante solícita, dulcísima, vigilante Pastora de las almas.