En estos días, los cristianos
celebramos dos fechas muy señaladas en nuestro calendario. Cada año, el 1
y el 2 de noviembre, miles de personas celebran la festividad de Todos
los Santos junto con la conmemoración de los Fieles Difuntos; una
ocasión que nos ha de llenar el corazón de inmensa esperanza, aunque la
realidad actual muchas veces se nos imponga, trayéndonos un sentido muy
distinto a aquel con el que nuestros mayores celebraban estas fiestas
religiosas.
La Comunión de los Santos
(Catequesis de S.S el Papa Francisco)

Hoy me
gustaría hablar de una realidad muy bella de nuestra fe, es decir, la
comunión de los santos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda
que este término hace referencia a dos realidades: la comunión en las
cosas santas, y la comunión entre las personas santas (núm. 948). Me
centro en el segundo significado: es una verdad entre las más
reconfortantes de nuestra fe, porque nos recuerda que no estamos solos
sino que hay una comunión de vida entre todos los que pertenecen a
Cristo. Una comunión que nace de la fe; de hecho el término "santos" se
refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús, y se incorporan a Él en
la Iglesia a través del bautismo. Por eso, los primeros cristianos
fueron llamados también "los santos" (cf. Hch. 9,13.32.41; Rm. 8,27; 1
Cor. 6,1).
1 . El Evangelio de Juan dice que, antes de
su pasión, Jesús oró al Padre por la comunión entre los discípulos con
estas palabras: "Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en
ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me has enviado" (17,21). La Iglesia, en su verdad más profunda, es
comunión con Dios, familiaridad con Dios, una comunión de amor con
Cristo y con el Padre en el Espíritu Santo, que se prolonga en una
comunión fraterna. Esta relación entre Jesús y el Padre es la "matriz"
de la unión entre nosotros los cristianos: si estamos íntimamente
inseridos en esta "matriz", en este horno ardiente de amor, entonces
podemos llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma entre
nosotros, porque el amor de Dios incinera nuestro egoísmo, nuestros
prejuicios, nuestras divisiones internas y externas. El amor de Dios
también incinera nuestros pecados.
2.
Si esto tiene su origen en la fuente del amor, que es Dios, entonces
también se da el movimiento recíproco: de los hermanos a Dios; la
experiencia de la comunión fraterna con Dios me lleva a la comunión con
Dios. Estar unidos entre nosotros nos lleva a estar unidos a Dios, nos
lleva a esta relación con Dios que es nuestro Padre. Este es el segundo
aspecto de la comunión de los santos que me gustaría subrayar: nuestra
fe necesita del apoyo de los demás, especialmente en tiempos difíciles.
Si estamos unidos la fe se vuelve más fuerte. ¡Qué hermoso es apoyarse
mutuamente en la aventura maravillosa de la fe! Digo esto porque la
tendencia a refugiarse en lo privado también ha influido en la esfera
religiosa, por lo que muchas veces es difícil buscar la ayuda espiritual
de aquellos que comparten nuestra experiencia cristiana.
Todos
las hemos experimentado; yo también, forma parte del camino de la fe,
del camino de nuestra vida. ¿Quién de nosotros no ha experimentado
inseguridad, desconcierto e incluso dudas en el camino de la fe? Todos
hemos experimentado esto, también yo: es parte del camino de la fe, es
parte de nuestra vida. Todo esto no debe sorprendernos, porque somos
seres humanos, marcados por la fragilidad y las limitaciones; todos
somos frágiles, todos tenemos límites. Sin embargo, en estos tiempos
difíciles hay que confiar en la ayuda de Dios, a través de la oración
filial, y al mismo tiempo, es importante encontrar el coraje y la
humildad para estar abierto a los demás, para pedir ayuda, para pedir
que nos den una mano. ¡Cuántas veces hemos hecho esto, y después hemos
sido capaces de salir del problema y encontrar a Dios otra vez! En esta
comunión --comunión quiere decir común-unión--, somos una gran familia,
donde todos los componentes se ayudan y se apoyan mutuamente.
3.
Y ahora llegamos a otro aspecto: la comunión de los santos va más allá
de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre. Esta
unión entre nosotros, va más allá y continúa en la otra vida; es una
unión espiritual que nace del bautismo y no se rompe con la muerte, sino
que, gracias a Cristo resucitado, está destinado a encontrar su
plenitud en la vida eterna. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre
los que son todavía peregrinos en este mundo -- incluidos nosotros-- y
los que han cruzado el umbral de la muerte para entrar a la eternidad.
Todos los bautizados aquí en la tierra, las almas del Purgatorio, y
todos los santos que ya están en el Paraíso forman una sola gran
familia. Esta comunión entre el cielo y la tierra se realiza sobre todo
en la oración de intercesión.
Queridos amigos, ¡tenemos
esta belleza! Es nuestra realidad, la de todos, lo que nos hace
hermanos, que nos acompaña en el camino de la vida y hace que nos
encontremos de nuevo allá en el cielo. Vayamos por este camino con
confianza, con alegría. Un cristiano debe ser alegre, con la alegría de
tener a tantos hermanos y hermanas bautizados que caminan con él;
sostenido por la ayuda de nuestros hermanos y hermanas que transitan
este mismo camino para ir al cielo. Y también con la ayuda de nuestros
hermanos y hermanas que están en el cielo y oran a Jesús por nosotros.
¡Adelante por este camino de felicidad!
Conmemoración de los Fieles Difuntos
La
tradición de rezar por los difuntos se remonta a los primeros tiempos
del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían
oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona
muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los
vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la
salvación.
Con las buenas obras y la oración se puede
ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de
sus pecados para poder participar de la gloria de Dios. A estas
oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa
Misa por los difuntos.
Debido a las numerosas
actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen
tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se
olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles
difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de
noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas
que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.
La
Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las
limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a
hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios.
"No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer
nuestras plegarias por ellos".
Nuestra oración por los
muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su
intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por
los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a
Dios y alcanzar la vida eterna.
Para aumentar las
ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos
confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa
entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos
indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales
debidas por sus pecados”. (CEC 1479)