"Los católicos en internet debemos construir caminos de evangelización, no de odio e intolerancia".

Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de Sevilla

Pontificia, Real, Ilustre, Franciscana y Muy Antigua Hermandad del Santo Rosario de la Divina Pastora de las Almas y Redil Eucarístico -CANTILLANA-

jueves, 7 de febrero de 2013

El jardín americano de la Divina Pastora


Apenas veinte años después del surgimiento de la advocación de la Divina Pastora de las Almas, su inspirador, el religioso capuchino fray Isidoro de Sevilla, comentó en uno de sus célebres sermones que “en otras remotisimas partes de las Indias, asi de Tierra Firme como Nueva España, hay innumerables estampas y muchas pinturas de la Divina Pastora”. La rápida difusión que alcanzó esta imagen en los virreinatos americanos se debió tanto al papel de los misioneros capuchinos en la evangelización de las inhóspitas regiones meridionales, donde la llevaron como abanderada en la conversión de los nativos, como de los devotos indianos, quienes a través de grabados y láminas consiguieron propagar el nuevo culto mariano. Gracias a este fenómeno, los artistas locales comenzaron a realizar numerosas pinturas que a grandes rasgos reflejaban las principales características de la iconografía hispalense. En algunas de estas obras se aprecia la utilización de fuentes calcográficas, siendo una de las más difundidas la fechada en Sevilla el año 1703 con una plegaria mariana y  la concesión de indulgencias por parte del arzobispo Arias, tal y como puede verse en  un cobre novohispano en el Museo de los Capuchinos de Sevilla, y en dos lienzos del Museo de Arte Colonial de La Paz y el Museo Fernández Blanco de Buenos Aires. Otro de los ejemplos custodiado en la Recolección del Tejar de Quito muestra la utilización de la estampa realizada por Palomino con la Divina Pastora como protectora de la Orden Capuchina, con una serie de religiosos arrodillados a sus pies entonando alabanzas. Finalmente, el tercero de los grabados que tuvo mayor impacto en las composiciones americanas está fechado en 1782 y  fue ejecutado en la ciudad de Bogotá por el salmantino Francisco Benito de Miranda bajo el patrocinio del virrey arzobispo Antonio Caballero y Góngora. En este diseño, copiado en multitud de lienzos repartidos tanto en España como en Suramérica, pueden observarse algunas variantes como la colocación del Niño Jesús con un rosario en el regazo de su Madre y la aparición de un pastorcito con un báculo junto a un gran árbol, que podría representar a San Juan niño.

Al tratarse de una imagen sagrada asociada a una leyenda aparicionista, de la que se tomaron las pautas para su primera plasmación, los pintores de las escuelas virreinales no añadieron modificaciones sustanciales a dicho prototipo. En este sentido, pueden observarse algunos detalles cromáticos y decorativos propios de las estéticas locales, como en el caso de las múltiples ejecuciones del afamado pintor novohispano José de Páez, donde sobresalen las tonalidades pasteles, la profusión de ángeles o una florida pradera, que incluso llega a convertirse en un elaborado laberinto por el que la oveja descarriada huye de las fauces del lobo. En otros modelos documentados en las áreas andinas se altera la posición de la Virgen, sus vestidos se decoran con encajes dorados e incluye entre sus atributos curiosos objetos como un uso de hilar o un sombrero a modo de pamela. Entre los artistas más prolíficos destacan el quiteño Manuel de Samaniego, que establecerá un diseño de la Pastora ataviada con el hábito mercedario, convirtiéndose en una de las devociones más populares gracias al número de fieles que particularmente la asociaron con su patrona Nuestra Señora de las Mercedes. Entre los lienzos del autor conservados en los depósitos del Banco Central de Ecuador destaca uno donde la Virgen se muestra cubierta con un manto azul y rodeada por doce estrellas, mientras que dos ángeles en vuelo sostienen una corona imperial y entre cuatro cabecitas de querubines se despliega una larga filacteria que reza "O MARIA ADMIRABILIS AD CONTEMPLANDAM / PULCRHA AD VIDENDAM / DESIRABILIS AD AMANDAM. S. Ansel.”, y en la esquina un donante en actitud de oración. La misma institución conserva otros modelos similares de la escena mariana con el Niño Jesús sobre el regazo con varios escapularios en la mano, o con una pareja de santos mercedarios y una cartela en la que se lee: “SALVE PASTORA QUERIDA / CUYA CHARIDAD TE MVEBE / DEXANDO NOVENTA Y NUEBE / BUSCAS LA OVEJA PERDIDA”. En el Monasterio de Santa Catalina de Quito existe otra obra de Samaniego donde flanquean orantes a la Divina Pastora, San Francisco y fray Isidoro de Sevilla a la izquierda y San Buenaventura y Santa Clara a la derecha,  con una cartela central que añade a la anterior plegaria los siguientes versos “Salve BellIsima Aurora / porque en la ultima hora / de su vida el sumo Rey / de toda la humana Grey / te constituyó Pastora”. Este repertorio se completa con un cuadro firmado en 1764 por Felipe de Rivera  en el Museo Fernández Blanco de Buenos Aires, con la Virgen y el Divino Pastorcito a los pies,  San Juan Bautista y el comitente en la parte inferior, y un letrero explicativo que alude a la copia de la misma talla venerada en una capilla de la calle de Capuchinos de Cádiz .


La iconografía de la Divina Pastora arraigó profundamente entre la feligresía mexicana, bien porque recordaba a otra devoción mariana como la Virgen Peregrina o del Refugio, o porque  se vinculó a su pareja en la representación cristológica, con origen en la parábola del Buen Pastor, explicada a través del papel de la Virgen como corredentora de la Humanidad junto a su Hijo. Además, los posibles conflictos teológicos que pudieron surgir en el seno de la Iglesia novohispana pronto fueron resueltos al entenderse que dicha analogía mariana también recordaba la primera aparición del Niño Jesús a los pastores en el portal de Belén, donde la Virgen, en el papel de tutora, mostró al mundo al Cordero de Dios. Aunque algunas realizaciones muestran de forma homogénea a ambos personajes en la misma escena bajo la luz del Espíritu Santo o con diferentes alegorías del Sagrado Corazón, la forma más característica fue la composición de dos obras independientes.  En la producción de Miguel Cabrera, uno de los principales exponentes del barroco mexicano, existen algunos  ejemplares, como el conservado en el Museo Nacional del Virreinato de México, que tanto por el formato como por las dimensiones que poseen las dos piezas se deduce su destino para algún retablo. También José de Páez repitió el mismo esquema en dos cobres firmados en 1770 y conservados en el Museo de América de Madrid. Ambos presentan un complejo juego iconográfico, pues en el caso de la Divina Pastora se sitúa vestida con el hábito carmelita, mientras que al fondo el Niño Jesús se señala el corazón prefigurando su tarea de pastor. En el plano superior, se colocan varios santos carmelitas, destacando a la derecha el profeta Elías en el monte Carmelo contemplando la visión de la “nubecula parva”  y la primera iglesia construida por Agabus sobre el monte Carmelo, como primer ejemplo de vida monástica, junto a un barco simbolizando que la  Virgen es la estrella del mar que guió a los carmelitas durante su huida por el acoso de los sarracenos en Tierra Santa. A la izquierda,  se encuentran  dos ángeles portando el escapulario concedido por la Virgen como privilegio a San Simón Stock, mientras que San Cirilo Constantinopolitano, San Cirilo Alejandrino y San Alberto de Verceli, defensores de diferentes dogmas marianos observan la aparición pisando a los herejes nestorianos. Tanto de éste, como del Buen Pastor, que igualmente aparece encuadrado por una serie de escenas alegóricas del Antiguo y el Nuevo Testamento, hay una réplica en una colección particular de Puerto Rico, por lo que podría plantearse la posibilidad de una estampa previa en la que se inspirara el autor. Al igual que en Nueva España, en el virreinato del Perú fue común este tipo de representaciones, destacando en la colección del Banco Central de Ecuador dos láminas de vidrio a modo de retablo portátil con la Virgen hilandera y el Niño Jesús de la Espina.


También las imágenes de la Divina Pastora, sobre todos las tallas para vestir, formaron parte del ornato de retablos y pinturas murales en diferentes templos. A mediados del siglo XVIII, los padres franciscanos eligieron una de éstas junto a la del Buen Pastor para decorar en dos medios puntos los laterales del coro alto de su iglesia en el Colegio de Propaganda Fide de Guadalupe en Zacatecas. Por un lado, se observa a una serie de religiosos ayudando a Cristo a vencer al lobo que persigue al rebaño, mientras que frontero aparece la Pastora recibiendo las rosas de aquellas que han sido redimidas por su Hijo. Otro de los casos donde el tema se desarrolla en un marco monumental se encuentra en la sacristía del convento de Santa Rosa de Viterbo en Querétaro. La pintura se divide en dos planos a lo largo de un huerto en el que las religiosas franciscanas desempeñan sus labores  acompañadas de sus criadas. En la parte superior se sitúa Cristo crucificado con un rebaño de ovejas a sus pies junto a un ángel que recoge en un cáliz la sangre de la herida del costado, flanqueado a ambos lados por una custodia y una fuente rodeadas de filacterias explicativas, mientas que en la parte inferior, bajo el pórtico de entrada al recinto se dibuja a la Divina Pastora. Otras escenas de contenido emblemático, donde se exalta la labor de la Virgen junto a su Hijo en la tarea salvadora de la Humanidad, enriquecieron el repertorio americano de esta advocación. En un interesante cuadro del Museo del Banco Central de Ecuador se posiciona en el centro la figura de Cristo con una corona de espinas y una soga dorada en el cuello mientras del pecho sobresale su corazón llameante. Con su voz clama a una oveja que se halla enredada en unas zarzas y es arrastrada del cuello por un lobo hacia las llamas infernales. Al fondo sobresale la Virgen María como Divina Pastora con una oveja a sus pies y a su izquierda un multitudinario rebaño que pasta bajo la cruz  junto al arcángel San Miguel .  Esta es la zona más luminosa del cuadro debido a que el Espíritu Santo en forma de paloma despide un gran fulgor con el que resguarda a todas las almas redimidas que han acudido a la protección de ambos personajes, mientras que Jesús lleva a cabo la tarea de rescatar a las que han caído en la perdición del pecado.


Por último, fruto del interés por la pintura emblemática que hubo entre la élite intelectual novohispana se inventaron curiosas composiciones, como una en la que, siguiendo un modelo idéntico con Cristo como Buen Pastor, la Virgen se recuesta en un hermoso jardín mostrando su corazón ramificado en el pecho, con el rebaño a sus pies, y en la parte superior dos ángeles de la guarda velando por las almas de los niños que custodian. También, en el Museo Soumaya de México se conserva una obra con el título Alegoría del Sagrado Corazón de la Divina Pastora, que la dibuja en el centro de un corazón atravesado por seis puñales rematados en cartelas con escenas de la vida de la Virgen, en el centro la imagen de Cristo crucificado y en la parte inferior el arcángel San Miguel y el ángel de la Guarda luchando contra dos bestias que amenazan al rebaño con el fuego de sus bocas .

Francisco Montes González. Universidad de Granada.

Bibliografía: MONTES GONZÁLEZ, Francisco: “La Divina Pastora de las Almas. Una imagen sevillana para el Nuevo Mundo”, en LÓPEZ GUZMÁN, Rafael (coord.): Andalucía en América. Cultura artística,  Universidad de Granada, Atrio, Granada, 2009, pp. 99-135.